UN VIAJE A LA ESPERANZA

Casa Guadalupe Libre, en Hermosillo, Sonora, da esperanza a niños en condición de calle y deja una lección de vida

Oscar García CoachMe

En uno de mis tantos estudios sobre el comportamiento humano, en el tema de relaciones sanas se abordo un documento que reflexionaba que, “establecer una conexión emocional auténtica con otra persona es una de las mejores cosas que nos puede pasar en la vida”. Hoy hago referencia porque estoy seguro de que algo así experimente en mi último viaje, al que yo denomino viaje a la esperanza.

Corría el 9 de noviembre por la mañana, en la locura de actividades del día a día, al que se sumaba mi cercano proceso final de certificación. Recibo un mensaje de voz de una gran habilitadora de aprendizajes, mi apreciada Paty Garza, para invitarme a un evento de labor social el 12 de diciembre.

Obvio que mi primer pensamiento fue: “Esto está de locos, noooo”. Pero algo en mi corazón me dijo para, escucha antes de tomar la decisión. Acordé una cita telefónica para cerrar el tema y, ¿qué creen?, me interesó tanto que en lugar de decir el no que llevaba casi en automático, salí con un “voy a revisar mis tiempos”, pero mi pelómetro ya indicaba que muchos aprendizajes significativos estaban vislumbrándose.

Después de sacar cuentas con mi agenda y demanda de tiempos, ofrecí mi programa Time to Feel del día 26 de noviembre como muestra genuina de apoyo, pero ahora los tiempos de la líder del evento de beneficencia no coincidían.

Junto con Leda, líder en la gestión de comunicación, y el resto del equipo CoachMe y Time to Feel, intentamos preparar material y resolver la inquietud: ¿podemos hacer un programa una semana después? ¿Cómo si el coach (como me dicen) anda “más loco con sus tiempos de lo normal”? Además, coincidía con la fecha de mi examen de certificación. ¿Pero qué creen? Dijimos sí.

Días de estrés, de emociones polarizadas, de hacer todo de la mejor forma, porque además la invitada para hablar del evento sería la mismísima Magda Enciso, CEO de una de las empresas más reconocidas a nivel mundial de coaching en más de 28 países.  Hasta ahí, mi compromiso era el programa y cumplir. Mis tiempos no me “cuadraban” diría el contador oculto que todavía llevo.

La noche del viernes 1 de diciembre, una cita programada de 20 minutos sería mi primer contacto face to face con Magda, para revisar la escaleta del programa del domingo 3 de diciembre. La sesión se alargó a casi dos horas, una conexión emocional auténtica.

Ese día tenía claro que revisaría de nuevo mis tiempos para asistir de forma presencial al evento. Mi equipo cercano, al oír mi declaración decía “¿Estás seguro?”. Para esto, ya había generado contacto con dos seres humanos maravillosos que viven en donde sería el evento, Yael y Czarina, quienes me jalaban tambien a dar el sí. ¿Cómo negarme a tanta emoción?

Pero viajar a Hermosillo no era tan fácil, implicaba casi tres días. Se sumaba asistir antes al evento de gratitud del Campus, la entrega de tres documentos y atender tres casos de los que yo denomino “para la araña”.

Poder estar el día 12 de diciembre en Hermosillo significaba: pagar casi el equivalente a un viaje a Europa (no es broma), hacer del aeropuerto de CDMX mi oficina móvil dos días (quienes me conocen saben que ese aeropuerto desafía mi tolerancia) y que mis cervicales se portaran bien ante el regaño de mi fisioterapeuta favorita.

Así, sumando las horas de demora, llegué a Hermosillo. Ver a mis amigas esperando por mí a pesar del frío y las condiciones de horario fue un bálsamo energético, pero conocer a Doris Lechuga fue un bálsamo de esperanza.

Ya se había sumado a la expedición uno de los seres más compasivos y empáticos que conozco, mi querida y admirada Lucamen. Después del desayuno, lo siguiente era conocer Casa Guadalupe Libre, la cereza del pastel, el principal motivo del viaje.

En el camino al lugar, la líder espiritual y moral del proyecto, mi admirada Doris, la iniciadora de este compartió cómo se dio éste, de cómo un reportaje periodístico dio a conocer a los niños de las alcantarillas.

Me habló de los inicios, sin un lugar ideal para la causa hasta que apareció un ser iluminado, el padre Lance Russell Bliven, quien guió los pasos para obtener el terreno y el donativo de una importante empresa de México. A los dos años, el padre cumple su labor en esta tierra y trasciende dejando como legado esta gran acción en bien de los niños.

Llegar a Casa Guadalupe Libre fue una sobredosis de optimismo. Faltaba la gala, pero el caudal energético ya era suficiente.

Ver a cada uno de los que integran el patronato no solo donando o consiguiendo recursos, sino involucrados de mente y corazón con los niños; tener la oportunidad de percibir la paz y armonía en la que se propicia su desarrollo físico y emocional, es una dosis de esperanza para replicar en muchos lugares, no solo de México. Profesionalizar la gestión de apoyo psico emocional, hacer mediciones desde las ciencias del bienestar que nos regala la certeza de los pasos.

En Casa Guadalupe Libre el orden es un elemento esencial. Decenas de estudios validan que el entorno se convierte en un habilitador de seguridad y comprensión del mundo que nos rodea, brindando en este caso la estabilidad afectivo emocional que tanto necesita un niño “abandonado”.

Caminar por el lugar es ser testigo de cómo en la sencillez de la construcción y de los espacios hay intenciones claras de estimular la independencia y el desarrollo sensorial.

Es increíble cómo, desde los más pequeños, a través de actividades correctamente establecidas, se les permite explorar y relacionarse de manera autónoma, desarrollando fortalezas clave como la curiosidad, el amor por aprender y la creatividad. Entrar a la capilla como su centro espiritual les brinda promover la compasión, la fe, la esperanza que todos necesitamos para afrontar las circunstancias que el caminar por el mundo nos demanda.

De regreso al hotel para prepararnos para la Gala, sentía que mi objetivo de viaje estaba cumplido, pero seguía pendiente mi encuentro personal con Magda, quien telefónicamente se hacía presente a cada momento.

EL VIAJE TERMINA, EL APRENDIZAJE CONTINÚA

Salgo mega puntual del hotel para asistir a la Gala, creo que fuimos de los primeros en llegar. Con Magda, los mensajes y llamadas fueron una constante previa al evento, debo confesar que surgía esa sensación casi síndrome déjà vu que suele ir acompañada por una convincente sensación de familiaridad y también de sobrecogimiento.

Un fuerte abrazo es la mejor recepción a mi sorpresa de encontrarme a la reconocida profesionista en el plano más personal, por una gran causa, ella misma validando cada detalle de la Gala, corriendo de un lado a otro sin perder esa energía positiva, buscando dar lo mejor de sí.

A la Gala fueron llegando grandes empresarios y autoridades, integrantes de la comunidad CBC desde diferentes lugares, reconocidos artistas, todos con una sola idea en la mente y corazón: ayudar a una causa altamente significativa. Emotivos testimonios, suculentos platillos y, ante el clima frío, el sabroso calor de gratitud en su mejor expresión.

Es momento de escuchar a los padrinos, el mensaje de Magda lleno de esperanza y el de Fred contundente, arrasador en su trasfondo de hacer conciencia de cuál es el peor infierno.

Después de tanto, llegó el momento de prepararme para el regreso físico y emocional, a sumar millas, pero sobre todo a ser muy inteligente para cumplir con todos los desafíos del día y mis ganas de sumar.

En el despegue, mucho agradecimiento, muchas sensaciones, mucha certeza. ¿Alguna vez has conocido a alguien a quien sentías haber conocido antes? ¿Has desafiado a tu intuición cuando te invita a reflexionar si has hecho lo correcto ante una decisión ante la que estabas medio indeciso? Como mariposas, esas preguntas revoloteaban en mi cabeza, junto con la seguridad no solo del privilegio de coincidir, más profundo, sino también por sentirme lleno de conexiones emocionales.

Regresé con mi arnés espiritual bien puesto. Exactamente en el anuncio de 10 mil pies, la velocidad crucero me encuentra parafraseando uno de los textos sagrados del Bhagavad Gita: “Quien se libera de la preocupación por el resultado y actúa de acuerdo con sus valores más elevados puede apoyarse en su integridad incondicional”. Me declaro listo para el regreso a casa.

En la preparación para descenso, sigue cimbrando la experiencia, los mensajes. Comparto una visión imaginaria de qué puede sentir un niño de 8 años que prefiere vivir en una alcantarilla, entre ratas y aguas putrefactas, en condiciones miserables, que permanecer en el “lugar seguro” de su casa, ¿qué infierno experimenta en ese supuesto lugar seguro que, a su corta edad, decide llevarse a su hermano de 2 años para protegerlo?

El discurso de Fred Kofman me cimbró en lo más hondo cuando cuestiona si hay un infierno mayor que el vivir en una alcantarilla o debajo de un puente. Comparto su creencia, mi infierno sería el saber que tuve la maravillosa oportunidad de ayudar a un ser humano y la indiferencia me ganó, esa indiferencia justificada por falta de tiempo y muchos pretextos más. Pero no fue así.

Una pequeña sonrisa de satisfacción me llenó el rostro, sigo intentándolo en el camino, sigo buscando cumplir mi sentido y propósito de vida. Gracias a los que hicieron posible este viaje y a Actitud Magazine por promover de forma incondicional que siempre hay una oportunidad para ayudar de corazón.

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